El dinero
El dinero Y Segismundo, satisfecho, prorrumpió en una alegre risa infantil, siempre en pie ante la ventana, con la mirada fija en la Bolsa, donde bullía el negro hormiguero del juego. Un ardiente sonrojo subía a sus mejillas, sin otra diversión que imaginarse las irónicas bromas de la justicia futura.
El malestar de Saccard iba en aumento. ¿Y si aquel soñador, a pesar de todo, decía la verdad? Explicaba unas cosas que parecían muy claras y sensatas.
—¡Bah! —murmuró, queriendo tranquilizarse—. Todo esto no habrá de suceder el año que viene.