El dinero

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—¿La Bolsa? —replicó Saccard—. ¡Diantre, claro que la veo!

—Pues bien, sería una necedad hacerla volar, porque la reconstruirían en otra parte… Sin embargo, yo le auguro que reventará por sí misma, cuando la expropie el Estado, convertido lógicamente en único y universal banco de la nación. ¿Y quién sabe? Tal vez servirá entonces de depósito público de nuestras excesivas riquezas, uno de los cuernos de la abundancia en que nuestros nietos encontrarán el lujo de sus fiestas.

Con un amplio gesto, Segismundo abarcó aquel futuro de bienestar general. En medio de su exaltación, se estremeció con un nuevo acceso de tos, volviendo a sentarse ante la mesa, con la cabeza entre las manos y los codos hundidos en los papeles, para sofocar el desgarrado estertor de su garganta. Pero esta vez no consiguió calmarse. Bruscamente se abrió la puerta, y Busch, que había despedido a la Méchain acudió corriendo, trastornado, como si padeciera en su persona aquella maldita tos. Seguidamente, se inclinó tomando al hermano entre sus brazos, como si meciese a una criatura doliente.

—Vamos, chico, ¿qué es lo que te pasa, que te sofocas? Ya sabes que quiero que te vea un médico. Esto no es razonable… Seguro que has hablado con exceso.


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