El dinero
El dinero Y lanzó una mirada de soslayo hacia Saccard, que había quedado en medio de la habitación, conmovido por lo que acababa de decir aquel diablo, tan apasionado y tan enfermo, que, desde las alturas de su ventana, había de lanzar un sortilegio sobre la Bolsa, con sus ideas de barrerlo todo, para luego reconstruirlo.
—Gracias, les dejo —dijo el visitante, ansioso de salir de allí—. Envíeme la carta con sus diez líneas traducidas… Espero otras; lo arreglaremos todo junto.
Pero la crisis había pasado, y Busch le retuvo todavía unos instantes.
—A propósito, la dama que estaba conmigo hace unos minutos le conoció en otros tiempos… Oh, en días ya lejanos…
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—En la calle Harpe, 52.
Por dueño que fuera de sí mismo, Saccard quedó pálido, con un tic nervioso que contraía su boca.
—¿La calle Harpe? No viví allí más que ocho días, a mi llegada a París; el tiempo de buscar alojamiento… ¡Hasta la vista!
—Hasta la vista —respondió Busch, que se engañó, creyendo ver una confesión en su perplejidad, mientras meditaba el modo de explotar ampliamente la aventura.