El dinero

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De nuevo en la calle, Saccard torció maquinalmente hacia la plaza de la Bolsa. Estaba trémulo y ni siquiera miró a la señora Conin, con su linda cara rubia sonriente a la puerta de la papelería. En la plaza, había aumentado la agitación y el clamor del juego venía a abatirse sobre las aceras, repletas de gente, con la violencia desbocada de la pleamar. Era el vocerío de las tres menos cuarto, la batalla de las últimas cotizaciones, la irritación por saberse ya quién se iría con las manos llenas.

De pie, en la esquina de la calle de la Bolsa, frente al peristilo, le pareció reconocer, en medio de la confusión, al bajista Moser y el alcista Pillerault, sumidos en el barullo, mientras creía oír cómo salía del fondo de la sala la aguda voz del agente de cambio Mazaud, que oscurecía de vez en cuando las exclamaciones de Nathansohn, sentado en el corro, bajo el reloj. Un coche que pasó junto a la acera estuvo a punto de salpicarle; vio bajar de él a Massias, que no esperó siquiera a que el cochero parase del todo. Subió la escalinata a grandes zancadas, jadeando, portador de las últimas órdenes de algún cliente.




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