El dinero
El dinero Saccard, siempre plantado inmóvil, con la mirada fija en la confusión, recordaba su vida anterior, avergonzado por sus principios, que habían vuelto a su memoria a causa de las preguntas que Busch acababa de hacerle. Volvía a su pensamiento la calle Harpe y la calle Saint-Jacques, por donde había arrastrado sus deterioradas botas de aventurero ambicioso, caído sobre París para conquistarlo. Y experimentaba un íntimo furor al pensar que aún no lo había logrado y que nuevamente se hallaba en la calle, acechando la fortuna, insatisfecho y torturado por un ansia de goces que nunca sintió tan imperiosa.
En aquel momento un transeúnte le dio un empujón, sin volverse siquiera para excusarse. Reconoció en él a Gundermann, que daba su habitual paseo por razones de salud, y al que vio entrar en una confitería, de donde el rey del oro llevaba a veces una caja de bombones de un franco para sus nietas. Y aquel empujón, en tal momento, en el acceso de fiebre que sentía nacer en él, desde que daba vueltas en torno de la Bolsa, fue como un trallazo, como un último impulso que acabó de decidirle. Había concluido el asedio de la fortaleza e iba a asaltarla. Era el juramento de una lucha sin cuartel: no abandonaría Francia, desafiaría a su hermano y jugaría la suprema partida, una batalla terriblemente audaz, que pondría París a sus pies, o le lanzaría al arroyo, destrozado.