El dinero

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A partir de entonces se apoderó de ella la idea fija, que penetró en su cerebro obsesivamente, como un clavo: ella no se consideró otra cosa que un banquero, a quien los pobres habían confiado trescientos millones de francos, para ser empleados de la mejor manera, y se transformó en un contable, en un hombre de negocios, que vivía de las cifras, entre un sinfín de notarios, obreros y arquitectos. Fuera de su casa, había instalado unas vastas oficinas con una veintena de empleados. En el hogar, en las tres pequeñas habitaciones, sólo recibía a algunos intermediarios que eran sus lugartenientes, mientras pasaba sus jornadas en un despacho, como un director de grandes empresas, encerrada lejos de los inoportunos, entre montañas de papeles que la desbordaban. Durante aquellos cinco años, lanzando el oro a manos llenas, había fundado, en la Villete, la Creche Sainte-Marie, con cunas blancas para los pequeñines y camas azules para los mayores y con una amplia y clara instalación que ya frecuentaban trescientos niños; un orfelinato en Saint-Mandé, el Orfelinato Saint-Joseph, donde cien niños y cien niñas recibían una instrucción semejante a la que se daba en las familias burguesas, y, finalmente, un asilo para ancianos en Chatillon, capaz para cincuenta hombres y cincuenta mujeres, y un hospital de doscientas camas en las afueras de París, el Hospital Saint-Marceau, cuyas salas acababan de inaugurarse. Sin embargo, su obra preferida, la que en aquellos momentos la absorbía enteramente era la Obra del Trabajo, creación suya que debía reemplazar al correccional, acogiendo a ciento cincuenta muchachos y ciento cincuenta muchachas, recogidos de las calles de París entre el vicio y el crimen, para regenerarlos con una buena educación y la enseñanza de un oficio. Las diversas fundaciones, donaciones considerables y una inmensa prodigalidad en las obras de caridad, habían consumido unos cien millones de su patrimonio en el transcurso de cinco años. Unos años más a aquel tren y quedaría arruinada, sin haberse reservado siquiera una pequeña renta para el pan y la leche con que ahora se alimentaba. Cuando su vieja criada, Sofía, saliendo de su silencio, la reprendía rudamente, profetizándola que moriría yaciendo en la paja, contestaba con una leve sonrisa, que era la que actualmente animaba sus pálidos labios, una divina sonrisa llena de esperanza.


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