El dinero

El dinero

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Era indudable que, en aquella época, Saccard albergaba un vago proyecto, que, repentinamente, cuando se instaló en el hotel de Orviedo como arrendatario, adquirió la definida nitidez de un agudo deseo. ¿Por qué no podía dedicarse íntegramente a la administración de las obras de beneficencia de la princesa? En aquellos momentos de duda en que se encontraba, vencido en la especulación, sin saber cómo rehacer su fortuna, se le ofrecía como una nueva encarnación y, como una apoteosis rehabilitadora, al convertirse en distribuidor de aquella majestuosa caridad, canalizando esta marejada de oro que desbordaba sobre París. Con los doscientos millones que todavía quedaban, cuántas obras podían crearse y qué ciudad del milagro podía surgir del suelo… Eso sin contar con que él cuidaría de hacer que aquellos millones fructificasen, doblándolos y triplicándolos, empleándolos tan sabiamente, que habrían de rendirle grandes beneficios. Entonces, en medio de su apasionamiento todo se le agrandó y vivió bajo el obsesivo pensamiento de distribuir el dinero en interminables limosnas inundando París de felicidad. Y se enternecía con tales pensamientos, seguro en su integridad de que ni un solo franco quedaría entre sus manos. En su imaginación de visionario, aquello se convirtió en un idilio gigantesco, en el idilio de un inconsciente, donde no se mezclaba el menor deseo de reanudar sus antiguas granujadas financieras. La idea armonizaba con el sueño de toda su vida sobre la conquista de París. Sería el rey de la caridad, la divinidad adorada de la multitud de los pobres, y se haría único y popular, logrando que la gente se ocupase de él, colmando así todas sus ambiciones. Qué prodigios no sería capaz de realizar, empleando en la bondad sus facultades de hombre de negocios, su audacia, su obstinación y su total carencia de prejuicios… Y dispondría de la irresistible fuerza que gana las batallas: el dinero, el dinero a manos llenas, el dinero que tanto daño ocasionaba a veces y que tanto bien podría hacer el día en que tuviese el gusto y el orgullo de repartirlo.


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