El dinero

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Luego, ampliando aún más sus proyectos, Saccard se preguntó por qué no había de desposarse con la princesa de Orviedo. Aquello concretaría su situación, saliendo al paso de las malas interpretaciones. Durante un mes, maniobró sagazmente, exponiendo planes soberbios, convencido de hacerse indispensable, y cierto día, con voz tranquila y gesto ingenuo, hizo su proposición, desarrollando sus grandes proyectos. Lo que ofrecía a la princesa era una verdadera asociación, en la que se brindaba como liquidador de las sumas usurpadas por el príncipe, comprometiéndose a entregarlas a los pobres, decuplicadas. Al principio, la joven, envuelta en su eterna vestidura negra y con su cofia de encajes en la cabeza, le escuchó atentamente, sin que trasluciera en su amarillento rostro emoción alguna. Estaba sorprendida por las ventajas que podía reportarle semejante asociación, indiferente, por lo demás, a otras consideraciones. Luego, tras aplazar su contestación hasta el día siguiente, acabó por rehusar; pensó sin duda que ya no sería dueña de sus limosnas, de las que pretendía disponer como absoluta soberana, aunque fuese locamente. Pero ella le explicó que se sentiría dichosa conservándole como consejero, diciendo cuán preciosa consideraba su colaboración y rogándole que siguiera cuidando de la Obra del Trabajo, de la que era verdadero director.



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