El dinero
El dinero Desde que vivía en el hotel Orviedo, Saccard había visto alguna vez a la hermana del ingeniero Hamelin, una mujer de figura admirable que moraba con éste en el segundo piso; la señora Carolina, como la llamaban familiarmente. Lo que sobre todo le impresionó desde el primer momento, fue su soberbia cabellera blanca, que hacía un singular efecto sobre su frente de mujer todavía joven, pues apenas contaba treinta y seis años. Desde los veinticinco, tenía el cabello enteramente blanco, en contraste con sus negras y espesas cejas, que proporcionaban una extraña vivacidad y juventud a su rostro, encuadrado en armiño. Nunca había sido bonita, por tener la barbilla y la nariz demasiado prominentes, y una boca grande cuyos carnosos labios parecían expresar una exquisita bondad. Pero, ciertamente, aquellos mechones blancos envueltos de fina seda dulcificaban su fisonomía, excesivamente dura, y el sonriente encanto de una abuela con un frescor y la fuerza de bella enamorada. Era alta y robusta, y su andar noble y majestuoso.