El sueño
El sueño Ahora ella caminaba por los estrechos senderos de hierba, entre las prendas, echando una ojeada a cada una de ellas, mientras él la seguía, poniendo mucha atención, aparentando estar muy preocupado por la posible pérdida de un delantal o de un paño. Aquello parecía totalmente natural. Por eso, ella seguía hablando, contando sus jornadas, explicando sus gustos.
—A mí me gusta que las cosas estén en su sitio… Por la mañana, el cucú del taller me despierta siempre a las seis. Y, aunque no hubiera luz, me vestiría igual: mis medias están aquí, el jabón, allá, una verdadera manía. ¡Pero no es de nacimiento! ¡Antes era muy desordenada! ¡Lo que tuvo que hablar mi madre! Y en el taller no haría nada bien si mi silla no estuviera siempre en el mismo sitio, frente a la luz. Afortunadamente, no soy zurda ni diestra: bordo con las dos manos. Eso es un don, porque no todas lo consiguen… Lo mismo ocurre con las flores que adoro, que no puedo tener cerca un ramo sin sufrir terribles dolores de cabeza. Sólo soporto las violetas y, sorprendentemente, su olor más bien me los calma. Al menor malestar, no tengo más que aspirar las violetas y me alivian.