El sueño
El sueño La compasión y el apuro dejaron muda a Angélique. Llevaba cinco sueldos pelados en el bolsillo. Con cinco sueldos no se podía comprar zapatos, ni siquiera de ocasión. Cada vez la paralizaba su falta de dinero. En ese momento, lo que acabó de sacarla de sus casillas fue que, al volver la vista, vio a Félicien, de pie, unos pasos más lejos, en la sombra que se alargaba. Debía de haber oído, quizás estaba allí desde hacía tiempo. Siempre aparecía así, sin que supiera nunca por dónde ni cómo había llegado.
«Les va a dar los zapatos», pensó.
En efecto, ya se acercaba. En el cielo violáceo salían las primeras estrellas. Una gran paz tibia caía de lo alto y adormecía el Clos-Marie, cuyos sauces se bañaban de sombra. La catedral ya no era más que una raya negra hacia poniente.
«Seguro que les va a dar los zapatos.»
Y esto le producía auténtica desesperación. Entonces, ¡lo iba a dar todo él! ¡Ella no conseguiría vencerle ni una sola vez! Su corazón latía hasta romperse, habría deseado ser muy rica para mostrarle que también ella hacía a alguien feliz.
Pero las Lemballeuse habían visto al buen señor, la madre se había precipitado, las dos pequeñas gemían, la mano extendida, mientras que la mayor, dejando sus tobillos ensangrentados, miraba de reojo.