El sueño
El sueño Perturbada por sus miradas, la pequeña se había ocultado detrás del pilar de santa Inés. Le preocupaba también el despertar de la calle: las tiendas se abrían y la gente empezaba a salir. La calle de Los Orfebres, cuyo extremo daba a la fachada lateral de la iglesia, habría sido un verdadero callejón sin salida, cerrada del lado del ábside por la casa de los Hubert, si no fuera porque la calle del Sol, un estrecho pasaje, la dejaba libre por el otro lado al correr a lo largo de la nave lateral hasta la gran fachada de la plaza del Claustro. Pasaron dos beatas, que dirigieron una mirada sorprendida a la pequeña mendiga, que no recordaban haber visto en Beaumont. La nieve seguía cayendo lenta e insistente, el frío parecía aumentar con el día triste y sólo se oía un lejano rumor de voces en el sordo espesor del gran manto blanco que cubría la ciudad.
Pero la niña, huraña, avergonzada de haber sido abandonada, como si de una falta se tratara, retrocedió aún más, cuando, de repente, reconoció ante ella a Hubertine, quien, por no tener criada, había tenido que salir a comprar el pan.
—¿Qué haces aquí, pequeña? ¿Quién eres?