El sueño
El sueño Ocultó su rostro sin contestarle. Pero ya no sentía sus miembros, su ser se desvanecía, como si su corazón, convertido en hielo, se hubiese detenido. Cuando aquella buena mujer volvió la espalda, con un gesto de discreta compasión, la niña se desplomó sobre sus rodillas, sin fuerzas, y resbaló como un trapo en la nieve cuyos copos empezaban a cubrirla silenciosamente. Al verla así en el suelo, la mujer, que regresaba con el pan todavía caliente, se acercó otra vez.
—Vamos, pequeña, no puedes quedarte en esta puerta.
Entonces, Hubert, que también había salido y que estaba de pie en el umbral de la casa, cogió el pan y le dijo:
—Venga, ¡cógela!, ¡tráela!
Hubertine, sin decir nada más, la tomó en sus fuertes brazos. La niña ya no retrocedía, transportada como un objeto, con los dientes apretados y los ojos cerrados, helada, con la fragilidad de un pajarillo caído del nido.