El sueño

El sueño

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Se calló, desfalleciendo, desanimado al creer que no encontraba nada que pudiera conmoverla. Y no se daba cuenta de que ella sonreía, con una sonrisa invencible, que aumentaba poco a poco en sus labios. ¡Ay! ¡El querido muchacho, tan ingenuo y tan creyente que recitaba allí su oración con un corazón nuevo y apasionado, en actitud de adoración ante ella, como ante el sueño mismo de su juventud! ¡Pensar que había luchado primero para no volver a verle, y que después se había jurado a sí misma amarle sin que él lo supiera nunca! Se había hecho un gran silencio. Las santas no prohibían amar cuando se amaba de esa manera. Detrás de ella había sentido correr un gozo, apenas un escalofrío, la onda movediza de la luna en las baldosas de la habitación. Un dedo invisible, sin duda el de su guardiana, se posó sobre su boca, para quitarle el sello de su juramento. Ahora podía hablar, todo lo poderoso y tierno que flotaba a su alrededor le inspiraba las palabras.

—¡Ah! Sí, me acuerdo, me acuerdo…

Y Félicien quedó cautivado inmediatamente por la música de aquella voz, que ejercía sobre él una atracción tan grande que su amor crecía tan solo con oírla.


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