El sueño
El sueño Angélique, apoyada en el hombro de Hubertine, erguida sobre la punta de los pies, miraba aquel vano abierto, cuya redondez se recortaba en el blanco crepúsculo de la plaza del Claustro. Primero, reapareció el subdiácono llevando la cruz, flanqueado por los dos acólitos con sus candelabros; tras ellos, se apresuraba el maestro de ceremonias, el buen abad Cornille, jadeante y extenuado. En el umbral de la iglesia, cada uno de los que llegaban se destacaba durante un segundo, con una silueta nítida y vigorosa, y luego se hundía en las tinieblas interiores. Eran los laicos, las escuelas, las asociaciones, las cofradías, cuyos pendones se balanceaban como velas, absorbidos de repente por la sombra. Volvieron a ver el pálido grupo de las hijas de María, que entraba cantando con sus agudas voces seráficas. La catedral los seguía engullendo, la nave se llenaba lentamente, los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda. Pero se había hecho de noche; a lo lejos, la plaza se punteó de destellos, de cientos de lucecitas en movimiento, y le tocó el turno al clero, los cirios encendidos fuera de la fila, doble cordón de llamas amarillas que cruzó la puerta. Aquello no tenía fin, los cirios se sucedían, se multiplicaban, el gran seminario, las parroquias, la catedral, los sochantres que entonaban la antífona, los canónigos con sus capas pluviales blancas. Entonces, poco a poco, la iglesia se fue iluminando, se pobló de aquellas llamas, resplandeciente, acribillada por cientos de estrellas como un cielo de verano.