El sueño

El sueño

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Había dos sillas libres y Angélique se subió a una de ellas.

—Baja —repetía Hubertine—. Está prohibido.

Pero ella, tranquila, insistía:

—¿Por qué prohibido? Quiero ver. ¡Oh! ¡Qué hermoso!

Y al final, convenció a su madre para que se subiera a la otra silla.

Ahora, toda la catedral relucía, ardiente. Aquella oleada de cirios que la cruzaba encendía reflejos bajo las aplastadas bóvedas de las naves laterales, en el fondo de las capillas, donde brillaba el cristal de un relicario, el oro de un tabernáculo. Incluso en el ábside, hasta en las criptas sepulcrales, se despertaban rayos. El coro llameaba, con su altar incendiado, sus sillas relucientes, su antigua reja cuyos rosetones destacaban sobre el negro. Y la elevación de la nave resaltaba aún más, abajo los pesados pilares que sostenían los arcos de medio punto, arriba los haces de columnitas que se iban adelgazando, floreciendo entre los arcos apuntados de las ojivas, todo un arranque de fe y de amor, que era como el resplandor mismo de la luz.


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