El sueño

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Mas, entre el movimiento de los pies y el desplazamiento de las sillas, volvió a oírse la caída de las claras cadenillas de los incensarios. Inmediatamente, los órganos entonaron una frase enorme que desbordó y colmó las bóvedas con un fragor de trueno. Era monseñor, que aún estaba en la plaza. En aquel momento, santa Inés llegaba al ábside, llevada siempre por los clérigos, el rostro como apaciguado por las luces de los cirios, feliz de volver a sus ensoñaciones de cuatro siglos. Finalmente, precedido por el báculo y seguido de la mitra, entró monseñor, sujetando el Santísimo con el mismo gesto, con las manos cubiertas por la estola. El palio, que avanzaba por el centro de la nave, se detuvo ante la reja del coro. Allí se produjo cierta confusión, porque al obispo le alcanzaron por un momento algunos miembros de su séquito.

Desde que Félicien había vuelto a aparecer tras la mitra, Angélique ya no apartaba los ojos de él. Pero entonces, le empujaron a la derecha del palio; y en ese momento ella vio, con la misma mirada, la cabeza blanca de monseñor y la cabeza rubia del joven. Una llamarada pasó por sus párpados, unió las manos y dijo en voz alta:

—¡Oh! ¡Monseñor, el hijo de monseñor!


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