El sueño
El sueño El secreto se le había escapado. Era un grito involuntario, la certeza que, por fin, se materializaba en la brusca aclaración de su parecido. Quizá ya lo supiera en su interior, pero nunca se habría atrevido a reconocérselo a sí misma; en cambio, ahora estallaba y la deslumbraba. De todas partes, de ella misma y de las cosas, acudían recuerdos que repetían su grito.
Hubertine, sobrecogida, murmuró:
—El hijo de monseñor… ¿ese muchacho?
Alrededor de ellas, se había apiñado la gente. Las conocían, las admiraban; la madre, adorable aún con su vestido de tela sencilla, la hija con una gracia de arcángel, con su vestido de seda blanca. Eran tan hermosas y estaban tan a la vista, subidas así en las sillas que algunas miradas se alzaban hacia ellas y en ellas se detenían ensimismadas.
—¡Claro que sí, señora mía —dijo la tía Lemballeuse, que se encontraba en aquel grupo—, claro que sí, el hijo de monseñor! Pero ¿no lo sabía? Un muchacho hermoso, y rico, ¡ay!, tan rico que podría comprar la ciudad, si quisiera. ¡Millones y millones!
Totalmente pálida, Hubertine escuchaba.
—Habrá oído contar su historia —prosiguió la vieja mendiga—. Su madre murió al traerle al mundo, y fue entonces Cuando monseñor se hizo sacerdote. Ahora, ha decidido traerlo a su lado… Félicien VII de Hautecoeur, ¡como quien dice, un verdadero príncipe!