El sueño
El sueño Entonces, Hubertine hizo un gran gesto de disgusto. Y Angélique resplandecÃa ante el sueño que se realizaba. SeguÃa sin expresar ninguna sorpresa; sabÃa que él debÃa ser el más rico, el más hermoso, el más noble; pero su alegrÃa era inmensa, perfecta, sin preocupación por los obstáculos que no preveÃa. Al fin, se daba a conocer, se entregaba a su vez. El oro fluÃa con las llamitas de los cirios; los órganos cantaban la pompa de sus esponsales; el linaje de los Hautecoeur desfilaba como reyes, desde el fondo de la leyenda: Norbert I, Jean V, Félicien III, Jean XII; y luego, el último, Félicien VII, que volvÃa hacia ella su cabeza rubia. Era el descendiente de primos de la Virgen, el maestro, el soberbio Jesús, que se revelaba en la gloria junto a su padre.
Precisamente, Félicien le sonreÃa, y ella no observó el enfado de monseñor, que acababa de descubrirla de pie sobre la silla, por encima de la multitud, con la sangre en el rostro, orgullosa y apasionada.
—¡Pobre hija mÃa! —suspiró Hubertine con desesperación.