El sueño
El sueño Los capellanes y los acólitos se habían colocado a derecha e izquierda, y el primer diácono, que había recibido el Santísimo de manos de monseñor, lo colocó sobre el altar. Era la bendición final, el Tantum ergon[134], que bramaban los sochantres, el incienso de las navetas que humeaba en los incensarios, el profundo y brusco silencio de la oración. En el centro de la ardiente iglesia, que desbordaba de clero y de fieles, bajo las esbeltas bóvedas, monseñor subió de nuevo al altar, volvió a coger con las dos manos el gran sol de oro y lo agitó tres veces en el aire, haciendo lentamente la señal de la cruz.