El sueño
El sueño Esa misma tarde, al regresar de la iglesia, Angélique pensó: «Le veré después: estará en el Clos-Marie y bajaré a reunirme con él». Habían convenido aquella cita con la mirada.
No cenaron hasta las ocho, en la cocina, como de costumbre, Hubert hablaba solo, excitado por aquel día de fiesta. Seria, Hubertine contestaba apenas, sin apartar la vista de la muchacha, que comía con gran apetito, pero inconscientemente, como si no se diera cuenta de que se llevaba el tenedor a la boca, totalmente concentrada en su sueño. Hubertine leía claramente en ella, veía cómo se formaban y se seguían unos a otros sus pensamientos, bajo aquella frente cándida, como bajo el cristal de un agua pura.
A las nueve, les sorprendió una llamada a la puerta. Era el abad Cornille. A pesar de su cansancio, venía a decirles que monseñor había sentido una gran admiración por los tres antiguos paneles bordados.
—Sí, lo ha comentado en mi presencia. Estaba seguro de que os alegraría saberlo.
Angélique, que, al oír el nombre de monseñor, había mostrado interés, volvió a caer en su ensueño en cuanto empezaron a hablar de la procesión. Luego, al cabo de unos minutos, se levantó.
—¿Adónde vas? —preguntó Hubertine.
La pregunta la sorprendió, como si ella misma no se hubiera planteado por qué se levantaba.
