El sueño
El sueño Pero Angélique, después de despedirse rápidamente de Hubert y del abad Cornille, ya estaba subiendo a la habitación, fuera de sí, hasta tal punto había sentido su secreto en la punta de los labios. Si su madre la hubiese mantenido un segundo más apretada contra su corazón, habría hablado. Una vez encerrada con doble llave, como la luz la molestaba, apagó la vela. La luna salía cada vez más tarde, la noche era muy oscura. Sin desnudarse, sentada ante la ventana abierta a las tinieblas, esperó durante horas. Los minutos transcurrían llenos, pues la misma idea bastaba para ocuparla: bajaría a reunirse con él en cuanto dieran las doce. Ocurriría de una forma muy natural; se veía actuando, paso a paso, gesto a gesto, con esa facilidad que existe en los sueños. Había oído marcharse al abad Cornille casi inmediatamente. Luego, los Hubert habían subido a su vez. Por dos veces, le pareció que la puerta de su habitación volvía a abrirse, que unos pies furtivos avanzaban hasta la escalera, como si alguien hubiese ido a escuchar allí por un instante. Luego, la casa pareció desvanecerse en un profundo sueño.
Cuando llegó la hora, Angélique se levantó:
—Vamos, me espera.