El sueño

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Abrió su puerta, que ni siquiera volvió a cerrar. En la escalera, al pasar delante de la habitación de los Hubert, prestó oído; pero no oyó nada, nada más que el estremecimiento del silencio. Además, se sentía muy a gusto, sin temor ni prisa, ya que no tenía en absoluto conciencia de estar cometiendo una falta. Una fuerza la impulsaba, aquello le parecía tan sencillo que la idea de un peligro le habría hecho sonreír. Abajo, salió al jardín por la cocina, y también aquí se le olvidó cerrar el postigo. Luego, con su paso rápido, llegó hasta la pequeña puerta que daba al Clos-Marie, y también la dejó abierta de par en par tras ella. En el huerto, a pesar de la espesa sombra, no dudó ni un instante, caminó en línea recta hasta la tabla, cruzó el Chevrotte y avanzó a ciegas, como en un lugar familiar donde cada árbol le resultara conocido. Al girar a la derecha, bajo un sauce, sólo tuvo que extender los brazos para encontrar las manos de quien sabía que estaba allí, esperándola.

Por un instante, silenciosa, Angélique estrechó en las suyas las manos de Félicien.

No podían verse, el cielo se había cubierto de una nube de calor que la luna, que estaba saliendo, menguada, todavía no iluminaba. Y habló en las tinieblas, su corazón entero se alivió de su gran alegría.

—¡Ay! ¡Mi querido señor, cuánto le amo y cuánto se lo agradezco!


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