El sueño

El sueño

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Y no se cansaba de oírle hablar de sí mismo, en una alegría extasiada por conocerle, en adoración, como una santa mujer a los pies de Jesús. Ni uno ni otro se cansaban de repetir las mismas cosas hasta el infinito, cómo se habían amado, cómo se amaban. Las palabras se repetían iguales, siempre nuevas, tomando significados previstos e insondables. Su felicidad aumentaba conforme profundizaban en ella y saboreaban su música con los labios. Él le confesó el encanto que ella ejercía sobre él tan sólo con su voz, tan emocionado que sólo con oírla ya no era más que su esclavo. Ella confesó el temor delicioso en que él la sumía, cuando su piel tan blanca se ruborizaba con una marea de sangre, a la menor cólera, habían abandonado ya las orillas vaporosas del Chevrotte y se abismaban bajo el oquedal[136] oscuro de los grandes olmos, los brazos en la cintura.

—¡Oh! Este jardín —murmuró Angélique, gozando del frescor que caía del follaje—. ¡Hace años que deseaba entrar… y aquí estoy con usted, aquí estoy!

Ella no le preguntaba dónde la conducía, se abandonaba en su brazo, en las tinieblas de los troncos centenarios. La tierra era suave a los pies, las bóvedas de hojas se perdían muy arriba, como las bóvedas de una iglesia. Ni un ruido, ni un soplo, tan sólo el latido de sus corazones.


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