El sueño
El sueño Pero no era exactamente eso. Los Hubert no supieron toda la historia hasta que se la sacaron a Angélique trozo a trozo. Louis Franchomme, que era primo de mamá Nini, había tenido que volver a su pueblo durante un mes para reponerse de unas fiebres. Fue entonces cuando Thérèse, su mujer, que le había cogido un gran cariño a la niña, obtuvo la autorización para llevarla a París, donde se comprometió a enseñarle el oficio de florista. Tres meses después, falleció su marido y se vio obligada, muy enferma a su vez, a retirarse a casa de su hermano, el curtidor Rabier, establecido en Beaumont. Allí murió, en los primeros días de diciembre, después de encomendar a su cuñada la pequeña que, desde entonces, ultrajada, golpeada, sufría el martirio.
—Los Rabier —murmuró Hubert—, los Rabier, sí, sí, unos curtidores que viven a la orilla del Ligneul[25], en la ciudad baja. El marido bebe y la mujer lleva mala vida.
—Me llamaban hija de la calle —prosiguió Angélique, indignada, llena de rabia por su orgullo herido—. Decían que el arroyo era suficiente para una bastarda. Después de molerme a palos, esa mujer me ponía un comistrajo en el suelo, como a su gato; y muchas veces hasta me iba a la cama sin comer… ¡Ay! ¡Al final habría terminado por matarme!
Hizo un gesto de furiosa desesperación.