El sueño
El sueño Pero un nuevo nombre detuvo su mirada: Félicien III, aquél que viajara a Palestina con un cirio en la mano para cumplir un voto de Felipe el Hermoso. Su corazón latió: veía alzarse la joven cabeza de Félicien VII, descendiente de todos ellos, el rubio señor al que ella adoraba y por el que era adorada. Eso la enloquecía de orgullo y de temor. ¿Era posible que estuviera allí para que se realizara el prodigio? Ante ella había una placa de mármol más reciente, que databa del siglo anterior, en la que leía con soltura, escrito con letras negras: Norbert, Louis, Ogier, marqués de Hautecoeur, príncipe de Mirande y de Rouvres, conde de Ferrières, de Montégu, de Saint-Marc, y también de Villemareuil, barón de Combeville, señor de Morainvilliers, caballero de las cuatro órdenes del rey, lugarteniente de sus ejércitos, gobernador de Normandía, con el cargo de capitán general de la montería y del séquito del jabalí. Eran los títulos del abuelo de Félicien, y ella había venido, tan sencilla, con su vestido de obrera, los dedos estropeados por la aguja, para casarse con el nieto de aquel difunto.