El sueño
El sueño Se oyó un leve ruido, apenas un roce sobre las baldosas. Se dio media vuelta y vio a monseñor. Se quedó sobrecogida ante aquella aproximación silenciosa, sin el rayo que ella esperaba. Había entrado en la capilla, muy alto, muy noble, con su semblante pálido y su nariz algo pronunciada, con sus ojos soberbios que seguían siendo jóvenes. Al principio, él no la vio, pegada como estaba a aquella reja negra. Luego, al inclinarse ante el altar, la encontró ante él, a sus pies.
Con las piernas temblorosas, abrumada por el respeto y el terror, Angélique había caído de rodillas. Él aparecía como Dios Padre, terrible, dueño absoluto de su destino. Pero ella tenía el corazón valeroso y habló inmediatamente:
—Monseñor, he venido…
Él se había puesto en pie. Se acordaba de ella: la muchacha que había visto en la ventana, el día de la procesión, a la que había vuelto a ver en la iglesia, de pie sobre una silla, aquella bordadora por la que su hijo estaba loco. No pronunció una palabra ni hizo gesto alguno. Esperaba en pie, rígido.