El sueño
El sueño Marido y mujer se miraron. Precisamente, acariciaban desde el otoño el proyecto de tener una aprendiza en casa, alguna chiquilla que alegrase el hogar que tanto entristecían sus penas de esposos estériles. Tomaron la decisión inmediatamente.
—¿Quieres? —preguntó Hubert.
Hubertine contestó sin apresurarse, con voz tranquila:
—Sí, acepto.
Se ocuparon inmediatamente de los trámites. El bordador fue a contarle el caso al señor Grandsire, juez de paz del distrito norte de Beaumont, un primo de su mujer, el único pariente con el que ella se trataba. Éste se encargó de todo, escribió a la Asistencia pública, donde Angélique fue fácilmente identificada gracias a su número de matrícula; consiguió la autorización para que se quedara como aprendiza en casa de los Hubert, que eran de reconocida honradez.
Cuando fue a regularizar la cartilla, el subinspector del distrito firmó con el nuevo patrono el contrato por el que éste se comprometía a tratar a la niña con cariño, a tenerla limpia, a hacerle asistir a la escuela y a la parroquia y a tener una cama exclusivamente para ella. Por su parte, la Administración se comprometía a pagarle las dietas y a entregarle ropa con arreglo a las normas.