El sueño

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En efecto, al día siguiente se sentó ante su bastidor y bordó con la misma actitud de siempre. Su vida de antes se reanudaba; no parecía sufrir. Además, ninguna alusión, ni una mirada hacia la ventana, apenas un resto de palidez. El sacrificio parecía consumado.

Hubert mismo lo creyó, se sometió a la sensatez de Hubertine y se esforzó por apartar a Félicien, quien, al no atreverse todavía a rebelarse contra su padre, se enfebrecía hasta el extremo de que ya no cumplía la promesa que había hecho de esperar sin intentar volver a ver a Angélique. Le escribió, pero las cartas fueron interceptadas. Se presentó una mañana y fue Hubert quien le recibió. La explicación les desesperó por igual a uno y otro, tanta fue la pena que manifestó el muchacho cuando el bordador le relató la tranquilidad convaleciente de la muchacha y le suplicó que fuera leal, que desapareciera para no arrojarla de nuevo en la terrible consternación del mes anterior. Félicien se comprometió de nuevo a ser paciente, pero se negó violentamente a retirar su palabra. Todavía esperaba convencer a su padre. Esperaría, dejaría las cosas tal como estaban con los Voincourt, en cuya casa cenaba dos veces por semana con el único propósito de evitar una rebelión abierta. Cuando ya se marchaba, le suplicó a Hubert que explicara a Angélique por qué consentía el tormento de no verla: solo pensaba en ella, todos sus actos tenían como única finalidad conquistarla.


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