El sueño
El sueño —¿Sabe que monseñor casa a su hijo?
La muchacha, que estaba extendiendo una sábana, se arrodilló en la hierba y su corazón desfalleció bajo la sacudida.
—Sí, la gente lo comenta… El hijo de monseñor se casará con la señorita de Voincourt en otoño… Según parece, todo está arreglado desde anteayer.
Angélique seguía arrodillada; un mar de ideas confusas zumbaba en su cabeza. La noticia no la sorprendía; la sentía cierta. Su madre la había advertido y debía esperárselo. Pero en ese primer momento, lo que le destrozaba las piernas de esa manera era la idea de que Félicien, temblando ante su padre, pudiera casarse con la otra, sin amarla, en una tarde de hastío. Entonces, estaría perdido para ella, a la que él adoraba. Nunca había pensado en esa posible debilidad, le veía doblegado bajo el deber, provocando, en nombre de la obediencia, la desgracia de los dos. Y, sin moverse todavía, sus ojos se habían dirigido hacia la verja; una rebeldía la agitaba por fin, la necesidad de ir a sacudir los barrotes, de abrirla con sus uñas, de correr junto a él y de apoyarle con su valor para que no cediera.
Se sorprendió al oírse contestar a la tía Gabet, con el instinto puramente mecánico de ocultar su desconcierto:
—¡Ah! ¡Es la señorita Claire con quien se casa…! ¡Es muy hermosa! ¡Dicen que es muy buena!…