El sueño

El sueño

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Con toda seguridad, en cuanto la vieja se marchase, iría a reunirse con él. Había esperado bastante; rompería su promesa de no volver a verle como un obstáculo inoportuno. ¿Con qué derecho los separaban así? Todo le gritaba su amor: la catedral, las aguas frías, los viejos olmos entre los cuales se habían amado. Puesto que el cariño de los dos había crecido allí, era allí dónde ella quería ir a tomarlo de nuevo para huir abrazada a él, muy lejos, tan lejos que no los encontrarían nunca más.

—Ya está —dijo al fin la tía Gabet, que acababa de colgar en un matorral las últimas toallas—. Dentro de dos horas estará seco… Muy buenas tardes, señorita, puesto que ya no me necesita.

Ahora, de pie en medio de aquella floración de ropas resplandecientes sobre la verde hierba, Angélique pensaba en aquel otro día en que, bajo el fuerte viento, entre el chasquido de las sábanas y de los manteles, sus corazones se habían entregado, tan ingenuos. ¿Por qué había dejado de ir a verla? ¿Por qué no había acudido a aquella cita, en la sana alegría de la colada? Pero más tarde, cuando lo tuviera entre sus brazos, sabía perfectamente que sólo le pertenecería a ella. Ni siquiera tendría la necesidad de reprocharle su debilidad, pues le bastaría con aparecer para que él recuperara la voluntad de su felicidad. Se atrevería a todo, sólo tenía que reunirse con él, dentro de un instante.


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