El sueño
El sueño Era un aturdimiento de felicidad, un primer momento de alborozo absoluto, en que lo olvidaban todo para sentir tan sólo la certeza de amarse todavía y de decírselo. Los sufrimientos de la víspera, los obstáculos del día siguiente habían desaparecido; no sabían cómo estaban allí; pero allí estaban y mezclaban sus dulces lágrimas, se apretaban en un casto abrazo, él, loco de compasión, y Angélique, tan demacrada por la pena que de ella Félicien sólo tenía, entre sus brazos, un hálito. En el arrobo de la sorpresa, ella seguía como paralizada, vacilante y feliz en el fondo del sillón, sin encontrar sus miembros, incorporándose sólo a medias para volver a caer bajo la embriaguez de su alegría.
—¡Ah! señor mío, mi único deseo se ha realizado: le he vuelto a ver antes de morir.
Él levantó la cabeza e hizo un gesto de angustia.
—¡Morir!… ¡Pero yo no quiero! Aquí estoy, la amo.
Ella esbozó una sonrisa divina.
—¡Oh! Puedo morir, puesto que me ama. Ya no me asusta, me dormiré así, apoyada en su hombro… Dígame una vez más que me ama.
—La amo, como la amé ayer, como la amaré mañana… No lo dude nunca, es para toda la eternidad.
—Sí, nos amaremos toda la eternidad.