El sueño

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Ante ese último golpe, Angélique titubeó. No pudo retener un lamento:

—Es demasiado… Se lo suplico, váyase, no sea cruel… ¿Por qué ha venido? Me había resignado, me estaba acostumbrando a esta desgracia de no ser amada por usted. ¡Y ahora resulta que me ama y todo mi martirio vuelve a empezar! ¿Cómo quiere que viva ahora?

Félicien creyó que se trataba de una debilidad y repitió:

—Si mi padre quiere que me case con ella…

Ella se crispaba ante su sufrimiento; y aún consiguió mantenerse en pie, pese al desgarro de su corazón; después, arrastrándose hacia la mesa, como para dejarle el paso libre:

—Cásese con ella; hay que obedecer.

Se encontraba a su vez delante de la ventana, a punto de marcharse, puesto que ella lo despedía.

—¡Pero eso la mataría! —gritó.

Ella se había tranquilizado y murmuró con una sonrisa:

—¡Oh! ¡Ya casi está hecho!

La contempló un instante más, tan blanca, tan empequeñecida, con la levedad de una pluma que se lleva un soplo; y, con un gesto de furiosa resolución, desapareció en la noche.


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