El sueño
El sueño Cuando él ya no estaba, apoyada en el respaldo del sillón, tendió desesperadamente las manos hacia las tinieblas. Unos fuertes sollozos agitaban su cuerpo y un sudor agónico cubría su rostro. ¡Dios mío! Era el fin; ya no le vería más. Todo su mal se había vuelto a apoderar de ella; sus piernas destrozadas flaqueaban bajo su peso. Sólo con un gran esfuerzo consiguió volver a la cama, en la que cayó victoriosa y sin aliento. Al día siguiente, por la mañana, la encontraron allí agonizando. La lámpara acababa de apagarse por sí misma, al alba, en la triunfal blancura de la habitación.