El sueño
El sueño Angélique iba a morir. Eran las diez de una clara mañana de finales de invierno, un tiempo vivo, con un cielo blanco, risueño de sol. En la espaciosa y regia cama revestida por una antigua tela de seda de color rosa, ya no se movía, inconsciente desde la víspera. Tumbada de espaldas, con las manos de marfil abandonadas sobre la sábana, ya no había vuelto a abrir los ojos; su fino perfil se había adelgazado bajo la aureola dorada de sus cabellos; y hubiese parecido que estaba muerta si no fuera por el mínimo soplo de sus labios.
La víspera, sintiéndose muy mal, Angélique se había confesado y había comulgado. Hacia las tres, el buen abad Cornille le había llevado el santo viático[143]. Luego, por la noche, como la muerte la iba enfriando poco a poco, sintió un gran deseo de recibir la extremaunción, la medicina celestial instituida para la curación del alma y del cuerpo. Antes de perder el conocimiento, en su última palabra, un susurro apenas, recogida por Hubertine, había mascullado el deseo de los santos óleos[144], ¡oh!, inmediatamente, para que aún llegasen a tiempo. Pero la noche avanzaba, habían esperado a que se hiciera de día, y el abad, avisado, iba a llegar por fin.
