El sueño
El sueño Decidieron celebrar la boda a primeros de marzo. Pero Angélique seguía estando muy débil, a pesar de la alegría que irradiaba toda su persona. Primero había manifestado el deseo de bajar otra vez al taller, ya en la primera semana de convalecencia, obstinada en terminar el panel de bordado en bajorrelieve para la silla de monseñor: era su último trabajo de obrera, decía alegremente, y no se dejaba un encargo a mitad. Luego, agotada por aquel esfuerzo, tuvo que permanecer de nuevo en su habitación. Allí vivía, sonriente, sin recobrar la plena salud de otros tiempos, siempre blanca e inmaterial como bajo los santos óleos, yendo y viniendo con paso fantasmal, descansando, soñadora, durante horas, después de haber hecho una larga caminata, desde la mesa a la ventana. Retrasaron la boda y decidieron esperar a su completo restablecimiento, que, con los cuidados que recibía, no podía tardar.
