El sueño
El sueño Todas las tardes, Félicien subía a verla. Hubert y Hubertine estaban allí y todos juntos pasaban horas adorables, repitiendo continuamente los mismos proyectos. Sentada, ella mostraba una vivacidad sonriente; era la primera en hablar de los días tan ocupados de su próxima existencia, de los viajes, de Hautecoeur por restaurar, de todas las dichas por conocer. En esos momentos se podría haber dicho que estaba totalmente sana, recuperando fuerzas, en aquella primavera precoz que entraba, cada día más tibia, por la ventana abierta. Y sólo recaía en la gravedad de sus ensoñaciones cuando estaba sola, libre del temor de que la vieran. Por la noche, la habían rozado unas voces; después, era una llamada de la tierra a su alrededor; también en ella se hacía la claridad; comprendía que el milagro se hacía únicamente para la realización de su sueño. ¿Acaso no estaba ya muerta, puesto que sólo existía entre las apariencias gracias a una paralización de las cosas? En las horas de soledad, este pensamiento la mecía con una suavidad infinita, sin sentir ningún pesar cuando pensaba en la idea de ser arrebatada en su alegría, segura siempre de ir hasta el final de la felicidad. El mal esperaría. Su gran alborozo se convertía simplemente en seriedad; ella se abandonaba, inerte; ya no sentía su cuerpo, volaba hacia las puras delicias; y tenía que oír a los Hubert abrir la puerta, o tenía que entrar Félicien a verla para que se enderezara, fingiendo que la salud había vuelto, hablando entre risas de sus años de matrimonio, muy lejos, en el futuro.