El sueño

El sueño

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Hacia finales de marzo, Angélique pareció alegrarse todavía más. En dos ocasiones, estando sola, había sufrido desvanecimientos. Una mañana, acababa precisamente de caer al pie de la cama cuando Hubert le subió un tazón de leche; para engañarle, bromeó, desde el suelo, y le dijo que buscaba una aguja que había perdido. Luego, al día siguiente, se puso muy contenta y propuso apresurar la boda, fijarla para mediados de abril. Todos protestaron: estaba todavía muy débil, ¿por qué no esperar? No había ninguna urgencia. Pero ella se apasionaba, quería que fuese inmediatamente, inmediatamente. Hubertine, sorprendida, sintió una sospecha ante aquella prisa, y la miró durante un instante, palideciendo ante el leve soplo frío que la rozaba. La querida enferma ya se calmaba en su tierna necesidad de crear ilusiones a los demás, ella que se sabía condenada. Hubert y Félicien, en continua adoración, no habían visto ni sentido nada. Poniéndose en pie con un esfuerzo de la voluntad, iba y venía con su paso ágil de otros tiempos. Estaba encantadora y decía que la ceremonia acabaría de curarla, dado lo feliz que iba a ser. Además, monseñor decidiría. Cuando, esa misma noche, hizo acto de presencia el obispo, ella le comunicó su deseo, con los ojos fijos en los suyos, sin apartar la vista de él, con una voz tan dulce que, bajo las palabras, estaba la ardiente súplica de cuanto ella no decía. Monseñor sabía y comprendió. Fijó la boda para mediados de abril.


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