El sueño
El sueño Entonces vivieron en un tumulto; se hicieron grandes preparativos. Hubert, a pesar de la tutela oficiosa, había tenido que pedir el consentimiento del director de la Asistencia Pública, que seguía representando al consejo de familia, ya que Angélique todavía no era mayor de edad; el señor Grandsire, el juez de paz, se había encargado de esos detalles, para evitar los aspectos penosos a Félicien y a la muchacha. Ésta, al ver que se escondían, hizo que le subieran un día su cartilla escolar, deseando entregársela ella misma a su prometido. Ahora se hallaba ya en un estado de humildad perfecta; quería que él estuviera al corriente del origen tan bajo de donde la sacaba para elevarla a la gloria de su nombre legendario y de su gran fortuna. Aquel documento administrativo, aquel registro en el que no constaba más que una fecha seguida de un número eran sus pergaminos, le pertenecían a ella. La hojeó una vez más y luego se la entregó, sin turbación, feliz de no ser nada y de que él la convirtiera en todo. Él se sintió profundamente conmovido, se arrodilló, y le besó las manos derramando lágrimas, como si fuera ella quien le hiciera a él el único presente, el real presente de su corazón.