El sueño

El sueño

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Aquella muerte se producía sin tristeza. Monseñor, con su gesto habitual de bendición pastoral, ayudaba a esa alma a liberarse, tranquilizado él mismo, vuelto a la nada divina. Los Hubert, perdonados, de regreso a la existencia, tenían la sensación extasiada de que un sueño terminaba. Toda la catedral, toda la ciudad estaba en fiesta. Los órganos resonaban más alto, las campanas tocaban al vuelo, la multitud aclamaba a la pareja de amor, en el umbral de la mística iglesia, bajo la gloria del sol primaveral. Era un vuelo triunfal: Angélique feliz, pura, elevada, arrebatada en la realización de su sueño, raptada en las oscuras capillas románicas de brillantes bóvedas góticas, entre los restos de oro y de pintura, en pleno paraíso de las leyendas.

Félicien ya no sostenía más que una nada muy suave y muy tierna, aquel vestido de novia, hecho todo de encajes y de perlas, el puñado de plumas ligeras, todavía tibias, de un ave. Desde hacía tiempo, se daba perfectamente cuenta de que sólo poseía una sombra. La visión, venida de lo invisible, volvía a lo invisible. No era más que una apariencia que se esfumaba después de haber creado una ilusión. Todo es sueño y nada más. Angélique había desaparecido en la cumbre de la felicidad, en el pequeño soplo de un beso.


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