El sueño
El sueño —¡Cállate! Me das miedo… Desgraciada, cuando te casemos con un pobre diablo, te romperás los huesos al caer de las nubes. La felicidad, para nosotros los pobres, sólo se encuentra en la humildad y en la obediencia.
Angélique seguÃa sonriendo, con una tranquila obstinación:
—Le espero, y vendrá.
—¡Pero si tiene razón! —exclamó Hubert, entusiasmado también, arrastrado por su fiebre—. ¿Por qué la reprendes?… Es lo bastante hermosa como para que nos la pida un rey. Todo es posible.
Con tristeza, Hubertine levantó hasta él sus hermosos ojos de sensatez.
—No la animes a obrar mal. Sabes mejor que nadie lo que cuesta ceder al corazón.
Se puso muy pálido y unas grandes lágrimas asomaron a sus párpados. Ella se arrepintió inmediatamente de esa amonestación y se levantó para cogerle las manos. Pero él se separó y repitió con voz temblorosa:
—No, no, me he equivocado… Oye, Angélique, debes escuchar a tu madre. Somos dos locos, sólo ella es razonable… Me he equivocado, me he equivocado…