La taberna
La taberna Coupeau sacudió la cabeza con rabia. Lorilleux le paga ría el mal rato que les había hecho pasar. ¿Dónde se había visto un tacaño como él? ¡Creer que le quitaban tres gramos de polvo de oro! Todo eso era pura avaricia. ¿Su hermana se había creído que no se casaría nunca para que pudiera ahorrar veinte céntimos con su puchero? En fin, la boda tendría lugar, a pesar de todo, el 29 de julio. ¡Le tenían sin cuidado!
Pero Gervaise, mientras bajaba la escalera, sentía el corazón oprimido y estaba atormentada por un miedo pueril que la hacía escudriñar con inquietud las sombras alargadas del pasamanos. A esas horas, la escalera dormía, desierta, iluminada solamente por la lámpara de gas del segundo piso, cuya llama achicada parecía, en el fondo de aquel pozo envuelto en tinieblas, la gota de luz de una lamparilla de noche. Detrás de las puertas cerradas se oía el silencio opresivo, el sueño acallado de los obreros acostados al levantarse de la mesa. No obstante, una risa contenida salía de la habitación de la planchadora, mientras un hilo de claridad se escapaba por la cerradura de la señorita Remanjou que cortaba todavía, pues se oía un ruido de tijeras, los vestidos de gasa de las muñecas de sesenta y cinco céntimos. Más abajo, en casa de la señora Gaudron, un niño seguía llorando. Y las cajas de los vertederos expelían un hedor más punzante en medio de aquella paz oscura y muda.