La taberna

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Después, en el patio, mientras Coupeau con una voz cantarina pedía que la portera les abriera, Gervaise se dio la vuelta para mirar por última vez la casa. Parecía más grande bajo el cielo sin luna. Limpiada su lepra y envueltas en sombras, las grises fachadas se extendían, ascendían; y estaban más desnudas, completamente lisas, despojadas de los andrajos que de día se secaban al sol. Las ventanas cerradas dormían. Algunas, dispersas, intensamente iluminadas, eran como ojos abiertos que en algunos rincones bizqueaban. Por encima de cada vestíbulo, de arriba abajo, en fila, los cristales de los rellanos, blancos por un pálido fulgor, levantaban una estrecha torre de luz. El destello de una lámpara, que venía del taller de encuadernación, en el segundo, proyectaba una estela amarilla sobre el empedrado del patio, que agujereaba las tinieblas y envolvía los talleres de la planta baja. Y, desde lo más profundo de estas tinieblas, en un rincón húmedo, unas gotas de agua, ruidosas en medio del silencio, caían una a una de la llave mal cerrada de la fuente. A Gervaise le pareció entonces que la casa se desplomaba sobre sus hombros, aplastándola, helándole las espaldas. Era todavía su miedo infantil, una chiquillada de la que después se reiría.

—¡Tenga cuidado! —gritó Coupeau.


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