La taberna
La taberna El matrimonio civil estaba previsto para las diez y media en el ayuntamiento. Hacía buen tiempo, un sol ardiente que abrasaba las calles. Para no llamar la atención, los novios, la madre y los cuatro testigos se dividieron en dos grupos. Delante iba Gervaise cogida del brazo de Lorilleux, y detrás el señor Madinier que acompañaba a mamá Coupeau; a veinte pasos, por la otra acera, iban Coupeau, Boche y Bibi-la-Grillade. Los tres llevaban levita negra, encogidos, con los brazos colgando. Los pantalones de Boche eran amarillos. A Bibi-la-Grillade, abotonado hasta el cuello, sin chaleco, sólo se le veía una punta de corbata retorcida como una cuerda. El señor Madinier era el único que vestía frac, un elegante frac de faldones cuadrados; y los transeúntes se paraban para ver a este señor que paseaba a la oronda mamá Coupeau, con chal verde y gorro negro de cintas rojas. Gervaise, muy dulce, alegre, con su vestido azul oscuro y sus hombros envueltos en una estrecha esclavina, escuchaba complaciente las risas socarronas de Lorilleux, perdido dentro de un enorme gabán, a pesar del calor; de vez en cuando, en los recodos de la calle, ella volvía un poco la cabeza y sonreía a Coupeau, a quien la ropa nueva, que brillaba al sol, molestaba.