La taberna
La taberna El sábado por la mañana, mientras se vestía, Coupeau empezó a preocuparse al ver su moneda de un franco. Se le acababa de ocurrir que, por cumplir, tendría que ofrecer, antes de comer, un vaso de vino y una loncha de jamón a los testigos. Además, tal vez habría gastos inesperados. Era evidente que con un franco no tenía bastante. Después de haber dejado a Claude y Étienne en casa de la señora Boche, que debía llevarlos por la noche a la cena, se fue deprisa y corriendo a la calle de la Goutte-d’Or y subió decidido a pedirle diez francos a Lorilleux. Tenía que hacer de tripas corazón, porque sabía la cara que pondría su cuñado. Éste gruñó, le mostró los dientes como una mala bestia y, finalmente, le prestó las dos monedas de cinco francos. Pero oyó a su hermana mascullar que «empezaba bien la cosa».