La taberna
La taberna Por fin, el viernes por la noche, la víspera del día esperado, Gervaise y Coupeau, al volver del trabajo, tuvieron todavía que trajinar hasta las once. Luego, antes de acostarse cada uno en su casa, se quedaron una hora juntos en la habitación de la joven, contentos de que ya pronto iban a salir de aquellos belenes. A pesar de su decisión de no preocuparse por la gente del barrio, se tomaron las cosas tan en serio que acabaron rendidos. Cuando se despidieron, se estaban quedando dormidos de pie. Pero, de todos modos, dieron un gran suspiro de alivio. Ahora todo estaba resuelto. Coupeau tenía de testigo al señor Madinier y a Bibi-la-Grillade; Gervaise contaba con Lorilleux y con Boche. Tenían que ir los seis al ayuntamiento y a la iglesia, tranquilamente, sin remolcar detrás de ellos una cola de gente. Las dos hermanas del novio habían incluso anunciado que se quedarían en casa, no siendo su presencia necesaria. Sólo mamá Coupeau se puso a llorar, diciendo que saldría antes y se escondería en un rincón; le prometieron que la llevarían. En cuanto a la cita de todos los invitados, se había Fijado para la una en el Moulin-d’Argent. De allí, irían para abrir el apetito a la llanura de Saint-Denis; tomarían el tren y volverían a patita por la carretera. La celebración prometía mucho, sin nada de juerga y jarana, sólo un poco de alegría, algo que fuera razonable y comedido.