La taberna

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La señora Lorilleux no dijo nada más, encerrándose en su dignidad, terriblemente vejada al oírse llamar Cola de Vaca. Coupeau, para consolar a Gervaise, le estrechaba cariñosamente el brazo; y consiguió incluso animarla, contándole al oído que empezaban a vivir juntos con treinta y cinco céntimos, tres perras gordas y una chica, que hacía sonar con la mano en el bolsillo de su pantalón. Cuando llegaron al hotel Boncoeur, se despidieron enfadados. Y en el momento en que Coupeau quiso acercar a las dos mujeres para que se dieran un beso de despedida, diciendo que eran tontas, un borracho, que parecía querer pasar por la derecha, dio un tumbo hacia la izquierda y se interpuso entre ellas.

—¡Vaya!, ¡es el tío Bazouge![21] —dijo Lorilleux—. Hoy está como una cuba.

Gervaise, asustada, se arrimó a la puerta del hotel. El tío Bazouge, un enterrador de unos cincuenta años, tenía el pantalón negro manchado de barro, la capa negra abrochada sobre el hombro y el sombrero de cuero negro abollado y aplastado por alguna caída.

—No tenga miedo, no es mala persona —continuó Lorilleux—. Es un vecino; vive en la tercera habitación del pasillo, antes de llegar a la nuestra… ¡La que se armaría si sus superiores le vieran así!

El tío Bazouge se ofendió por el miedo de la joven.


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