La taberna

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—¡Qué pasa! —tartamudeó—, no nos comemos a nadie por aquí… Soy como los demás, pequeña… ¡Claro que he bebido un poco! Cuando el trabajo cunde, hay que engrasar las ruedas. Ni usted ni la compañía habría podido bajar al individuo de seiscientas libras que hemos llevado entre dos desde el cuarto piso a la calle, y además sin romperlo… A mí me gusta la gente alegre.

Pero Gervaise se acurrucaba más en el ángulo de la puerta, sintiendo muchas ganas de llorar, que le estropeaban todo aquel día de discreta felicidad. Ya no pensaba en besar a su cuñada; pedía a Coupeau que alejara al borracho. Entonces, Bazouge, tambaleándose, tuvo un gesto lleno de desdén silencioso.

—Nada impedirá que a usted, pequeña, también le toque… Hasta puede que un día se alegre de que le toque… Sí, conozco a mujeres que agradecerían que fueran a buscarlas.

Y cuando los Lorilleux decidieron llevárselo, se dio la vuelta y balbució una última frase, entre dos hipos:

—Cuando se está muerto…, escuche bien… cuando se está muerto, es para mucho tiempo.


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