La taberna
La taberna Pero, sobre todo al principio, tuvieron que apencar de lo lindo sólo para poder ir tirando. La boda les obligó a tener que cargar con una deuda de doscientos francos. Además aborrecían el hotel Boncoeur; lo encontraban repugnante, frecuentado por una clientela indecente; y soñaban con tener su propia casa y sus propios muebles que cuidarían con esmero. Mil veces calcularon la cantidad que les hacía falta; ascendía, en números redondos, a trescientos cincuenta francos, si no querían, después de comprar sus cosas, encontrarse enseguida en un aprieto y poder disponer de una cacerola o una sartén cuando la necesitaran. Tenían pocas esperanzas de conseguir ahorrar una cantidad tan grande en menos de dos años, cuando se les presentó una buena oportunidad: un viejo señor de Plassans les pidió a Claude, el mayor de los niños[1], para internarlo en un colegio de allí; un generoso capricho de hombre extravagante, amante de la pintura, a quien unos monigotes pintarrajeados hacía tiempo por el crío le habían profundamente impresionado. Claude les costaba ya un ojo de la cara. A partir del momento en que sólo tuvieron la carga del menor, Étienne, pudieron acumular los trescientos cincuenta francos en siete meses y medio. El día que compraron los muebles a un revendedor de la calle Belhomme, dieron, antes de volver al hotel, un paseo por las rondas, no cabiendo en sí de alegría. Habían comprado una cama, una mesita de noche, una cómoda con tablero de mármol, un armario, una mesa redonda con su mantel de hule y seis sillas, todo de caoba; y además ropa de cama, ropa interior y cachivaches de cocina casi nuevos. Suponía para ellos una entrada seria y definitiva en la vida. Algo que, haciéndoles propietarios, les daba cierta importancia entre la gente acomodada del barrio.