La taberna

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—¿Por qué? ¿Por qué? —mascullaba…—. ¡Pardiez! Vas a ir diciendo por todas partes que me mantienes, me lavas la ropa y me la coses. ¡Pues bien, eso me fastidia! Ocúpate de tus cosas que yo me ocuparé de las mías… Las lavanderas no trabajan gratis.

Ella le suplicó que no dijera esas cosas, alegando que nunca se había quejado; pero él cerró la maleta bruscamente, sentándose encima, y le gritó a la cara: «¡No!». ¡Era dueño de lo suyo! Con el fin de esquivar el acoso de las miradas de Gervaise, volvió a tumbarse en la cama, diciendo que tenía sueño y que no le diera más la lata. Esta vez, en efecto, pareció dormirse.

Gervaise permaneció un momento indecisa. Estaba tentada de darle un puntapié al fardo de la ropa y sentarse a coser. La respiración regular de Lantier acabó por tranquilizarla. Cogió el azulete y el trozo de jabón que le sobró de la última colada. Acercándose a los pequeños, que jugaban tranquilamente con unos viejos corchos delante de la ventana, los besó y les susurró al oído:

—Portaos bien y no hagáis ruido. Papá duerme…

Al salir de la habitación, no se oía en el silencio, bajo el techo ennegrecido, nada más que las risitas atenuadas de Claude y Étienne. Eran las diez. Por la ventana entreabierta se colaba una franja de sol.


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